OPINION

El negocio del odio: quién gana cuando México se divide

Por Karl Vön • Monterrey News

Hay épocas donde el país parece una mesa familiar en Navidad: todos sentados, todos con historia… y aun así, basta una frase para que vuele la vajilla.

La pregunta no es si estamos divididos. La pregunta es más incómoda:

¿Quién está ganando con esa división?

Porque el odio social no suele crecer “de la nada”. Crece cuando hay miedo, frustración, desconfianza… y cuando existen sistemas que convierten todo eso en poder, dinero o control.

1) La raíz: miedo, cansancio y la búsqueda de culpables

Cuando la vida aprieta —inseguridad, inflación, falta de oportunidades, servicios públicos frágiles— el ser humano busca lo más antiguo: tribu y certeza.

“Nosotros” = identidad, pertenencia, salvación. “Ellos” = amenaza, traición, culpables.

Este mecanismo no es nuevo. Lo nuevo es que hoy existe una industria capaz de multiplicarlo, segmentarlo y venderlo por kilo.

En México, el tema de la inseguridad y la percepción del desempeño de autoridades no es menor: INEGI mide estos fenómenos con instrumentos nacionales como ENVIPE 2025, que incluye indicadores de percepción y confianza vinculados a seguridad pública. 

2) Redes sociales: el algoritmo no busca verdad, busca reacción

Aquí hay que decirlo sin rodeos: la indignación es rentable.

Las plataformas premian lo que genera emoción fuerte (ira, burla, miedo). Eso empuja contenidos que polarizan porque funcionan mejor para retener atención.

No es una sospecha “conspiranoica”: existe literatura científica y revisiones recientes que describen cómo el contenido tóxico y la emoción negativa tienden a correlacionar con mayor engagement, y cómo los sistemas de ranking pueden amplificar dinámicas de polarización afectiva. 

Por eso el odio digital escala rápido: porque el modelo de negocio lo empuja.

3) Política: la polarización como estrategia (no exclusiva de un partido)

En democracias con baja confianza, polarizar puede ser una herramienta eficaz para consolidar lealtades. La lógica es simple:

Si la conversación pública se vuelve “buenos vs malos”, entonces la crítica se vuelve “traición”, y el adversario se convierte en “enemigo”.

El problema no es que exista debate fuerte (eso es normal). El problema es cuando se normaliza la deshumanización.

El Digital News Report del Reuters Institute ha descrito en años recientes el contexto político mexicano y los efectos del entorno informativo digital, en un país donde gran parte del consumo de noticias ocurre en plataformas y con niveles de confianza tensionados. 

4) La “moral total”: cuando ya no se discute, se condena

Aquí entran religión e ideologías. No son “la causa única”, pero sí pueden ser gasolina cuando se usan como identidad de combate.

Cuando una idea deja de ser una postura y se vuelve identidad sagrada, la discusión muere. Ya no se debate para entender: se debate para aplastar.

Y cuando el otro bando no es “equivocado” sino “malvado”, la agresión se vuelve justificable.

Esa normalización es peligrosísima. El Edelman Trust Barometer 2025 reporta un dato inquietante: una proporción relevante de personas (especialmente jóvenes) llega a ver como “aceptables” formas de activismo hostil (ataques online, desinformación, incluso violencia) como herramienta de cambio. 

No es un tema de izquierda o derecha: es un tema de descomposición del pacto social.

5) Instituciones débiles: cuando nadie cree en nadie, gana el grito

En sociedades donde la gente siente que:

la justicia no alcanza, la autoridad no protege, la verdad se manipula,

entonces se impone el atajo emocional: “yo creo en los míos”.

INEGI publica mediciones relacionadas con percepción y desempeño de autoridades encargadas de seguridad y justicia, que ayudan a dimensionar esa relación entre experiencia social y confianza institucional. 

Sin confianza, la conversación pública se vuelve selva: manda el más viral, no el más serio.

Entonces… ¿quién gana con la división?

Ganan cinco actores (a veces al mismo tiempo):

Políticos que convierten el pleito en votos (“si te enojas, te mueves”). Influencers y páginas que monetizan indignación (“si te arde, lo compartes”). Plataformas que cobran con tu atención. Crimen y grupos radicales, porque una sociedad fragmentada es más fácil de controlar. Mercaderes de la desinformación, que venden certezas baratas para mentes agotadas.

La división es un mercado: tú pones el coraje; alguien cobra el rendimiento.

La parte más dura: el odio ya no es solo opinión, es permiso

Cuando se juntan tres cosas, el país entra en zona roja:

Deshumanización: “no son personas, son plaga”. Permiso moral: “se lo merecen”. Aplauso del grupo / impunidad: “hazlo, aquí eres héroe”.

Ahí es donde el discurso termina en agresión real.

¿Se puede frenar esto? Sí, pero no con poesía barata

Se frena con hábitos y diseño social (y sí: con carácter).

1) No alimentes la máquina

Si un contenido te quiere furioso en 5 segundos, probablemente te están usando.

2) Exige pruebas, incluso a “los tuyos”

El fanatismo empieza cuando uno deja de pedir evidencia porque “me cae bien”.

3) Cambia etiquetas por historias humanas

“Chairo/fifí”, “progre/mocho”, “vendido/traidor”… son palabras que borran personas y facilitan la violencia.

4) Regresa a lo básico (lo que sí une)

Seguridad, salud, empleo, justicia.

Casi todos quieren lo mismo. La diferencia es quién promete y quién cumple.

5) Reconstruye comunidad local

Antes el barrio arreglaba lo que la política rompía.

Y esa idea —antigua, tradicional— es también el futuro: microconfianza, tejido social, civismo real.

El país no se odia solo; lo están empujando a odiarse

No somos un pueblo “malo”. Somos un pueblo cansado, y el cansancio vuelve fácil la manipulación.

Hoy el reto no es “ganar la discusión”.

El reto es no perder el país por discutir.

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