“Cuando Pedrillo llega a ser don Pedro”: el proverbio que explica la soberbia del poder… y la obsesión por la “austeridad”
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“Cuando Pedrillo llega a ser don Pedro, ¡uy, qué miedo!” No es solo un dicho viejo: es una radiografía social. Una frase que retrata a quien, tras vivir en una posición modesta, asciende de golpe —por mérito, suerte o por la mano de otros— y entonces cambia el tono, el gesto y la mirada. Deja de caminar junto a la gente y empieza a caminar encima.
En redes circula un recorte donde ese proverbio se usa como punto de partida para criticar la soberbia del “nuevo rico”, la arrogancia del recién empoderado y, de paso, la contradicción entre el discurso de “austeridad” y los símbolos de lujo que suelen rodear a figuras cercanas al poder. El texto menciona por nombre a familiares del expresidente López Obrador y contrasta la “austeridad republicana” con reportes y señalamientos mediáticos previos sobre estilos de vida en el extranjero.
Más allá de simpatías políticas, la pregunta de fondo no es de chisme: es de coherencia pública. Y cuando la política se sostiene sobre una narrativa moral (“somos distintos”), la coherencia deja de ser un detalle y se vuelve el corazón del mensaje.
Un proverbio viejo para un vicio moderno
Los proverbios sobreviven porque describen patrones humanos que se repiten. Este en particular no acusa un delito; acusa un carácter. Lo que dice, en esencia, es:
El ascenso social no siempre viene acompañado de madurez. El poder puede inflar el ego más rápido que la experiencia. La riqueza repentina puede exhibir carencias: educación, templanza, discreción.
El recorte que circula agrega una idea clásica: el “nuevo rico” se nota. No por la ropa o el lugar, sino por la necesidad de demostrarlo. El lujo como grito. El apellido como escudo. La soberbia como idioma.
Y esa lógica se vuelve explosiva cuando se mezcla con política, porque el poder no es un premio privado: es un encargo público.
La trampa de la superioridad moral
En México, el discurso político reciente ha explotado una narrativa poderosa: “nosotros somos el pueblo”, “nosotros somos austeros”, “nosotros no somos como los de antes”. Ese relato tiene fuerza porque promete una limpieza ética, un corte con la corrupción y la frivolidad.
Pero esa misma narrativa tiene un costo: obliga a la congruencia.
Cuando un proyecto político se presenta como moralmente superior, cada contradicción se convierte en evidencia. No importa si el señalamiento es justo o exagerado: la percepción golpea más fuerte porque choca contra la promesa central.
Aquí ocurre algo importante: mucha propaganda política no se derrumba por cifras, sino por símbolos. El pueblo perdona errores técnicos; rara vez perdona la sensación de “se burlaron de mí”.
Lujo, austeridad y el problema real
Conviene aclarar un punto: no es ilegal tener dinero. Tampoco es pecado comer bien o viajar. El debate serio no es “lujo sí o no”; el debate serio es:
¿De dónde viene el dinero? ¿Hay conflicto de interés? ¿Se usan privilegios del poder? ¿Se predica austeridad para los demás mientras se vive distinto?
El texto compartido se apoya en un contraste: “austeridad republicana” vs. imágenes o relatos de consumo de lujo. Esa tensión no se resuelve con insultos, sino con transparencia y rendición de cuentas.
Porque en democracia, la autoridad no se sostiene solo con popularidad: se sostiene con credibilidad.
La palabra que enciende la conversación
El recorte remata con una definición de “rastacuero”, un término despectivo que históricamente se ha usado para burlarse del adinerado inculto o presumido. Ese tipo de lenguaje es común en polémicas políticas, pero tiene un riesgo: cuando el debate se vuelve insulto, se pierde el argumento.
La crítica más fuerte no necesita grosería. Si el punto es incoherencia, basta con la incoherencia. Si el punto es hipocresía, basta con la hipocresía. El adjetivo solo sirve para distraer.
La discusión madura no es “cómo les digo”, sino “qué demuestra lo que hacen” y “qué explicaciones dan”.
¿Y si el problema no fuera el lujo, sino la impunidad?
Aquí está la pregunta que muchos evaden:
¿Qué pasa cuando la austeridad es solo un eslogan y el poder se convierte en permiso?
Porque el verdadero daño no es una foto ni un restaurante. El daño es el mensaje social:
Que el discurso es para la tribuna, no para la vida real.
Que la élite “nueva” puede terminar copiando lo peor de la élite “vieja”.
Que la gente vuelve a quedar como espectadora, no como dueña del sistema.
Cuando una sociedad detecta que el poder premia la soberbia, crece el cinismo. Y cuando crece el cinismo, la democracia se pudre por dentro: nadie cree, nadie exige, nadie participa.

