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Cuando el poder transforma a las personas: la lección que dejó un experimento social extremo

The Stanford Prision Experiment

El problema no siempre es la persona. El problema es el poder sin límites.

A lo largo de la historia, se ha repetido una idea incómoda: individuos comunes, incluso bien intencionados, pueden convertirse en abusadores cuando se les otorga poder sin vigilancia ni consecuencias. Esta afirmación no es solo una reflexión filosófica; fue demostrada de forma cruda en un experimento social que sigue siendo referencia obligada para entender los abusos de autoridad en gobiernos, fuerzas de seguridad y estructuras de control.

El experimento que reveló una verdad incómoda

En 1971, el psicólogo Philip Zimbardo encabezó un estudio que pasaría a la historia y que más tarde fue retratado en la película The Stanford Prison Experiment.

El planteamiento era simple:

Jóvenes voluntarios, psicológicamente sanos. Divididos al azar en dos grupos: prisioneros y guardias. Un entorno simulado de prisión. Sin antecedentes violentos ni perfiles autoritarios.

El resultado fue devastador.

En cuestión de días, los guardias comenzaron a:

Ejercer abusos psicológicos. Humillar sistemáticamente. Normalizar el castigo y la violencia. Deshumanizar a los prisioneros.

Los prisioneros, por su parte, desarrollaron ansiedad, miedo, sumisión y colapsos emocionales. El experimento tuvo que ser cancelado antes de tiempo por el riesgo real para la integridad de los participantes.

La conclusión fue clara: el poder, incluso en pequeñas dosis, puede corromper rápidamente cuando no existen límites ni contrapesos.

Del laboratorio a la vida real

Aunque el experimento ocurrió en un entorno controlado, sus implicaciones trascienden la psicología académica. Explica dinámicas que se repiten constantemente en la vida pública:

Policías que abusan de su autoridad. Guardias que deshumanizan a quienes custodian. Funcionarios que dejan de servir para comenzar a mandar. Políticos que, una vez en el poder, olvidan a quién deben rendir cuentas.

No se trata de que todos los policías, militares o servidores públicos sean corruptos o violentos. El punto es más profundo: cuando el sistema permite el abuso, el abuso aparece.

El poder sin supervisión: una constante peligrosa

El experimento demuestra algo fundamental:

el problema no es solo quién ostenta el poder, sino cómo se ejerce y quién lo vigila.

Cuando desaparecen:

La rendición de cuentas. La supervisión independiente. Las consecuencias reales. La ética institucional.

El poder deja de ser una herramienta de servicio y se convierte en un permiso implícito para abusar.

Esto aplica por igual a:

Policías y fuerzas de seguridad. Guardias penitenciarios. Funcionarios públicos. Autoridades administrativas. Líderes políticos.

La diferencia entre orden y abuso suele ser tan delgada como la ausencia de controles.

Política, seguridad y autoridad: el mismo patrón

En distintos países y épocas, los abusos de poder siguen el mismo guion:

Se normaliza la autoridad absoluta. Se justifica “por el bien común”. Se minimizan las denuncias. Se protege a los agresores. Se criminaliza a quien cuestiona.

El experimento de Stanford no creó monstruos.

Solo quitó los frenos.

Una advertencia vigente

La lección central sigue siendo actual y universal:

Cualquier persona, bajo ciertas condiciones, puede convertirse en abusador si el sistema se lo permite.

Por eso, las democracias no deben temer a la crítica, sino a la concentración de poder sin vigilancia.

Porque cuando el poder se ejerce sin límites, deja de ser autoridad y se convierte en dominación.