Cuando el poder se burla: por qué deshumanizar al “otro” es una alarma democrática

Esto parece solo un meme… pero no lo es.
Lo esencial del tema:
La deshumanización no es humor: es el primer peldaño para justificar abusos. Con IA y “deepfakes”, la burla se vuelve propaganda viral de bajo costo. Cuando un líder legitima la humillación, sube la violencia social y baja el diálogo.
Si el poder se acostumbra a reírse de la gente, luego se acostumbra a pisarla.
Vivimos una época rara: nunca fue tan fácil publicar, editar, recortar, exagerar o inventar un video… y nunca fue tan fácil que millones lo vean antes de que alguien pregunte si es real. En ese caldo caliente, la política se está convirtiendo en un ring: no gana el que argumenta mejor, sino el que humilla más fuerte y se vuelve tendencia.
El problema es que “hacerlo tendencia” no es inocente. Una cosa es la sátira inteligente (la que critica al poder con ingenio y evidencia) y otra muy distinta es la burla que reduce a una persona o a un grupo a algo “menos humano”. Esa línea, cuando se cruza, deja de ser comedia: se vuelve gasolina.
De la broma a la deshumanización: el paso que cambia todo
La deshumanización funciona como un atajo mental: si conviertes al “otro” en caricatura, en animal, en objeto o en monstruo, ya no necesitas discutir ideas. Solo necesitas señalarlo y que la tribu aplauda.
Históricamente, ese recurso se ha usado para justificar barbaridades: desde persecuciones políticas hasta violencia callejera. ¿Por qué? Porque cuando el otro deja de ser “persona”, deja de merecer respeto, derechos, garantías, trato justo.
Y aquí está el punto clave: la deshumanización no nace de la nada; se entrena. Empieza con chistes, luego con apodos, luego con comparaciones “graciosas”, luego con “se lo merece”, y un día ya estamos normalizando que el adversario no sea un ciudadano con ideas distintas, sino un enemigo.
La era de la IA: propaganda viral sin uniforme
Antes, para fabricar propaganda necesitabas estructura, dinero, medios, tiempo. Hoy, con IA, se puede producir contenido emocional en minutos: imágenes impactantes, escenas dramáticas, música épica, “pruebas” falsas, montajes creíbles.
Eso cambia la política porque premia lo más primitivo del algoritmo: lo que indigna, lo que da risa cruel, lo que provoca miedo, lo que divide. Y lo hace con una eficiencia brutal: un video manipulador puede recorrer el mundo antes de que alguien lo desmienta.
La consecuencia es clara: el debate se vuelve espectáculo. La verdad se vuelve “opinable”. Y el ciudadano termina votando o odiando desde el estómago, no desde la información.
“Pero es humor, relájate”
El humor es una herramienta poderosa y necesaria. La sátira ha sido un contrapeso histórico contra el abuso. Pero la sátira apunta hacia arriba: ridiculiza al poderoso por sus actos, decisiones, contradicciones.
La deshumanización apunta hacia abajo: convierte al otro en “cosa”. Y cuando eso lo impulsa o lo valida alguien con poder real, el mensaje no es “jaja”. El mensaje es: “esto se permite”.
El liderazgo y la responsabilidad: lo que publica también gobierna
Un líder no solo gobierna con decretos; gobierna con símbolos. Con gestos. Con lo que premia. Con lo que tolera. Con lo que comparte.
Cuando una figura con poder difunde contenido humillante, manda tres señales peligrosas:
Señal a sus seguidores: “adelante, aquí se vale insultar y deshumanizar”. Señal a sus adversarios: “no mereces respeto, mereces burla”. Señal a las instituciones: “la conversación pública ya no necesita verdad ni dignidad”.
Y eso, a mediano plazo, quiebra el piso común que toda democracia necesita: la idea de que, aunque pensemos distinto, seguimos siendo parte del mismo país.
¿Qué tipo de sociedad estamos entrenando?
Aquí viene la pregunta obligatoria:
Si normalizamos que el poder se burle y deshumanice… ¿qué le estamos enseñando a nuestros hijos sobre cómo tratar al que piensa diferente?
Porque el efecto no se queda en la política internacional ni en el trending topic. Se filtra a la calle, al trabajo, a la escuela, a la familia, al tráfico: “si el de arriba puede humillar, yo también”. Y luego nos preguntamos por qué todo está tan crispado.
Una nación puede sobrevivir a un mal gobierno. Lo que cuesta décadas reparar es una sociedad entrenada para odiar.
Cómo defenderte (sin volverte parte del circo)
No se trata de “censurar” ni de “ofenderse por todo”. Se trata de madurez cívica y de higiene mental. Aquí van cinco reglas simples:
Distingue crítica de deshumanización. Criticar decisiones es válido; “animalizar” personas es otra cosa. No compartas en caliente. Si algo te dio risa cruel o coraje inmediato, probablemente está diseñado para manipularte. Busca el origen. ¿Es una captura editada? ¿Un montaje? ¿Una cuenta anónima? Exige estándares a los líderes. No solo “resultados”, también conducta pública. Premia el argumento, no el golpe bajo. Si te gusta un político, ayúdalo a mejorar: no le aplaudas lo indefendible.
México y la polarización: cuando copiamos lo peor, pagamos el doble
En México ya conocemos la polarización: “buenos contra malos”, “pueblo contra enemigos”, “ellos contra nosotros”. Importar el estilo de la política-espectáculo (la humillación como estrategia) es peligroso porque aquí el tejido social ya está tenso.
Además, cuando la conversación pública se vuelve zoológico, los problemas reales quedan fuera: salud, seguridad, economía, educación, corrupción, impunidad. El show tapa la factura.
Y la factura siempre llega.
Mi Conclusión: la dignidad no es adorno, es el cimiento
La política necesita crítica, debate, competencia. Pero si dejamos que el poder convierta al adversario en objeto de burla deshumanizante, la democracia se vuelve un concurso de crueldad.
La dignidad no es un lujo moralista: es un seguro contra la violencia.
Si la perdemos, no solo perdemos formas: perdemos el futuro.
Por Karl Vön

