AMLO y la política del odio: cómo la división se convirtió en método de gobierno

Por Karl Vön
El odio no siempre grita; a veces gobierna con sonrisa.
Durante décadas, México arrastró problemas estructurales profundos: corrupción, desigualdad, inseguridad y desconfianza institucional. Sin embargo, en los últimos años, algo cambió de forma más peligrosa que cualquier indicador económico: el lenguaje del poder. Con la llegada de Andrés Manuel López Obrador, la confrontación dejó de ser un accidente político y se transformó en estrategia central de gobierno.
Este texto no busca insultar ni provocar por sí mismo. Busca explicar por qué el discurso del odio se volvió una herramienta cotidiana, cómo funciona y cuáles son sus consecuencias reales para la sociedad mexicana.
La división como combustible político
Desde el inicio de su proyecto político, el obradorismo entendió algo fundamental: la división moviliza. En lugar de construir consensos, se construyeron bandos. El país dejó de verse como una nación plural y pasó a narrarse como una lucha moral entre “buenos” y “malos”.
El problema no es la crítica —necesaria en toda democracia—, sino la reducción deliberada de la realidad. México es complejo, diverso y contradictorio. Simplificarlo en etiquetas sirve para dominar el relato, pero no para gobernar.
“Pueblo bueno” contra “enemigos del pueblo”
Una de las fórmulas más repetidas fue la creación de un sujeto moral único: el pueblo bueno.
Todo el que no encaja en esa definición —periodistas críticos, jueces independientes, médicos inconformes, empresarios, académicos— es colocado automáticamente en el bando opuesto.
Este mecanismo es peligroso porque deshumaniza la diferencia. No se debaten ideas, se desacreditan personas. No se responde con argumentos, se responde con sospecha moral.
Polarización: no es un error, es diseño
La confrontación diaria no fue improvisación. Fue una técnica sostenida:
Conferencias matutinas como tribunal político Exhibición pública de adversarios Ridiculización del disenso Señalamientos sin pruebas directas Narrativa permanente de “ellos contra nosotros”
La polarización mantiene a la base movilizada emocionalmente. Cuando los resultados son discutibles, la emoción sustituye a la gestión.
El ataque sistemático al pensamiento crítico
Una democracia sana protege a quienes cuestionan al poder. En cambio, el discurso oficial convirtió al pensamiento crítico en traición.
Periodistas acusados de corruptos.
Científicos tratados como élite inútil.
Instituciones autónomas presentadas como obstáculos.
Jueces convertidos en enemigos públicos.
El mensaje fue claro: pensar distinto tiene costo.
El resentimiento como narrativa central
Más que una visión de futuro, el proyecto se sostuvo en cobrar facturas del pasado.
El rencor histórico se volvió argumento político. Pero gobernar desde el resentimiento tiene un límite: no construye, solo ajusta cuentas.
Los países que progresan miran hacia adelante.
Los que se estancan viven mirando atrás con rabia.
¿Qué deja una política basada en el odio?
Las consecuencias no siempre son inmediatas, pero son profundas:
Sociedad fracturada Debate público empobrecido Normalización del insulto Instituciones debilitadas Ciudadanos enfrentados entre sí
El odio no colapsa un país en un día.
Lo erosiona lentamente, hasta que la convivencia se vuelve imposible.
Una advertencia necesaria
El odio es un atajo político:
rápido, eficaz, emocional…
pero destructivo.
México necesita liderazgo que convoque, no que enfrente.
Que escuche, no que descalifique.
Que construya instituciones, no enemigos.
Porque una nación no se gobierna con rencor.
Se gobierna con responsabilidad histórica.
Conclusión
La historia juzga con más severidad a quienes dividieron que a quienes se equivocaron.
El odio puede ganar aplausos momentáneos, pero nunca deja legado.
México merece algo mejor que vivir permanentemente en guerra consigo mismo.

