México

México no necesita gritos: necesita libertad, ley y votos

Por Karl Vön • Monterrey News

Hay frases que nacen del enojo, pero sobreviven solo si se vuelven inteligencia. En redes se repite una consigna que suena a sentencia: “Hay que acabar con el comunismo en México”. Entiendo el impulso. Cuando la gente ve mentira, abuso y una cultura política que premia la lealtad por encima del mérito, se enciende la sangre. Pero si de verdad queremos salvar a México, hay que decirlo como se debe: en México no se “acaba” nada a golpes: se derrota en las urnas.

Porque el problema real no es una etiqueta ideológica. El problema es el paquete completo que viene disfrazado: el clientelismo que compra conciencias, el gobierno que se cree dueño del presupuesto como si fuera herencia familiar, la propaganda como anestesia, la polarización como cortina de humo, y la tentación de controlar instituciones cuando estorban.

La historia lo demuestra: las naciones no se destruyen de un día para otro. Se descomponen lentamente cuando la ley deja de ser piso parejo y se vuelve herramienta del poder; cuando la propiedad se trata como pecado; cuando trabajar y producir se castiga más que mentir; cuando el ciudadano se vuelve súbdito y el político, monarca.

Por eso, si hablamos de “acabar” con algo, hablemos con precisión: hay que acabar con la mentira como método de gobierno. Hay que acabar con la idea de que el dinero público es “dinero de nadie”. Hay que acabar con la normalización del abuso y con la romantización de la pobreza administrada.

Y lo que sigue no es un slogan: es un plan moral.

Al comunismo y sus disfraces se les gana con libertad, propiedad, Estado de derecho y trabajo. Se les gana defendiendo contrapesos, exigiendo resultados medibles, cuidando la división de poderes, protegiendo la iniciativa privada y el empleo, y premiando al político que resuelve, no al que promete.

México no necesita incendiarse para despertar. Necesita abrir los ojos, apretar los dientes y hacer lo que duele: informarse, organizarse, vigilar, denunciar, votar y volver a votar. Con cabeza fría. Con memoria larga. Con una idea sencilla que nuestros abuelos entendían sin teorías: si el gobierno controla todo, el ciudadano no controla nada.

Que el país despierte, sí. Pero despierte bien: con ley, con libertad y con votos.

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