México

Popular no significa buen presidente: la lección que muchos no quieren ver

Por Karl Vön | Monterrey News


La historia está llena de líderes aplaudidos por multitudes que terminaron destruyendo instituciones, economías y libertades.

En política hay una trampa muy peligrosa: creer que si un presidente es popular, entonces necesariamente está gobernando bien.

No siempre.

Un gobernante puede llenar plazas, ganar elecciones, repartir dinero, hablar bonito, tener seguidores fieles y aun así tomar decisiones que dañen al país.

Que veremos aquí…

  • La popularidad mide emoción, no resultados.
  • Un líder carismático puede usar el respaldo popular para debilitar instituciones.
  • La historia muestra casos de presidentes y jefes de gobierno que fueron muy populares y terminaron presos, derrocados, exiliados o muertos.

En México, Andrés Manuel López Obrador terminó su sexenio con una popularidad considerable, aunque encuestas y análisis también señalaron evaluaciones más débiles en seguridad y corrupción. Claudia Sheinbaum, por su parte, conserva niveles altos de aprobación, pero también enfrenta críticas y preocupación ciudadana en temas como corrupción, crimen organizado y seguridad. Esto no significa comparar penalmente a nadie con dictadores o criminales históricos; significa recordar una verdad básica: la aprobación no sustituye la rendición de cuentas.  

El aplauso no gobierna

Desde 1930 hasta hoy, el mundo ha visto una y otra vez el mismo patrón: líderes que llegan al poder con respaldo masivo, prometen orden, justicia social, castigo a los corruptos o grandeza nacional… y después concentran poder, persiguen críticos, debilitan contrapesos o dejan crisis profundas.

La historia no se repite idéntica, pero sí rima. Y cuando rima con autoritarismo, suele sonar como marcha fúnebre para la democracia.

Hitler: respaldo de masas y destrucción total

Adolf Hitler no llegó al poder como un político marginal sin apoyo. El Partido Nazi se convirtió en una fuerza electoral enorme en Alemania; en noviembre de 1932 obtuvo alrededor del 33% del voto, y en enero de 1933 Hitler fue nombrado canciller. Desde ahí usó el poder para consolidar una dictadura absoluta. Terminó suicidándose en 1945, con Alemania destruida y millones de muertos como resultado de la guerra y del régimen nazi.  

El punto no es decir que todo líder popular sea Hitler. Eso sería absurdo. El punto es más serio: cuando una sociedad deja de poner límites porque cree ciegamente en un líder, el desastre puede avanzar con aplausos.

Mussolini: el “hombre fuerte” que terminó ejecutado

Benito Mussolini fue visto por muchos italianos como el líder capaz de poner orden en medio del caos. Su movimiento fascista aprovechó crisis políticas, miedo social y promesas de autoridad. Pero el “hombre fuerte” terminó llevando a Italia a una dictadura, a la guerra y al desastre. En 1945 fue capturado y ejecutado por partisanos italianos.  

La lección es dura: el orden sin libertad puede parecer solución al principio, pero muchas veces termina siendo una cárcel con bandera nacional.

Perón: amor popular, poder concentrado y país dividido

Juan Domingo Perón llegó a la presidencia de Argentina en 1946 con 56% del voto popular. Fue profundamente querido por amplios sectores obreros y sindicales, y su movimiento político sigue vivo hasta hoy. Pero su gobierno también estuvo marcado por concentración de poder, presión sobre opositores y una fuerte división nacional. En 1955 fue derrocado y enviado al exilio.  

Perón es un caso interesante porque no cabe en una caricatura simple. Tuvo seguidores sinceros, logros sociales y una base popular real. Pero también demuestra que un líder amado puede dejar instituciones más débiles y un país partido en dos.

Ferdinand Marcos: popularidad, poder y corrupción

Ferdinand Marcos fue presidente electo en Filipinas, pero terminó construyendo un régimen autoritario marcado por corrupción, desigualdad y estancamiento económico. Su gobierno cayó tras protestas masivas y fue obligado a exiliarse en Hawái. Britannica señala que sus últimos años estuvieron marcados por corrupción rampante, deterioro económico y aumento de desigualdad.  

Aquí aparece otra regla histórica: cuando el poder se acostumbra a no rendir cuentas, tarde o temprano convierte al Estado en patrimonio personal.

Ceaușescu: culto a la personalidad y final brutal

Nicolae Ceaușescu gobernó Rumanía durante décadas con propaganda, culto a la personalidad y control político. Durante años fue presentado como líder indispensable. Pero su régimen terminó de forma violenta: fue derrocado durante la revolución rumana de 1989 y ejecutado junto con su esposa.  

Los pueblos pueden tardar en despertar, pero cuando despiertan después de años de abuso, la historia suele cobrar con intereses.

Fujimori: popular por resultados, condenado por abusos

Alberto Fujimori fue popular en Perú por enfrentar a Sendero Luminoso y estabilizar una economía golpeada. Pero su gobierno también incluyó un autogolpe, cierre del Congreso, corrupción y violaciones a derechos humanos. Fue condenado a 25 años de prisión por abusos de derechos humanos y murió en 2024 a los 86 años.  

Este caso es clave: un gobierno puede tener logros reales y aun así cruzar líneas que ninguna democracia debe permitir.

Chávez: enorme aprobación, poder concentrado y herencia institucional rota

Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela con promesas de combatir la corrupción, ayudar a los pobres y repartir mejor la riqueza petrolera. Durante su primer año alcanzó una aprobación de 80%. Con ese respaldo impulsó una nueva Constitución que le dio un control sin precedentes sobre los tres poderes del Estado. Murió en el poder en 2013, pero dejó un modelo político altamente concentrado.  

La pregunta incómoda es esta: ¿de qué sirve que un líder sea amado hoy si mañana deja un país con menos libertades, menos contrapesos y menos futuro?

Mugabe: héroe de liberación que terminó aferrado al poder

Robert Mugabe inició como figura de liberación en Zimbabwe. Para muchos fue símbolo de independencia y dignidad nacional. Pero con los años su gobierno terminó asociado con autoritarismo, represión, crisis económica y deterioro institucional. En 2017 fue obligado a renunciar tras presión militar y política.  

Otro patrón se repite: los líderes que no saben irse suelen terminar dañando incluso aquello que alguna vez representaron.

Joseph Estrada: famoso, popular y condenado

Joseph Estrada, actor convertido en presidente de Filipinas, llegó al poder con una imagen cercana al pueblo. Pero fue expulsado del cargo en medio de protestas por corrupción y posteriormente condenado por saqueo, con una sentencia máxima de 40 años de prisión, aunque después recibió indulto.  

Ser carismático no es lo mismo que ser honesto. Ser querido no es lo mismo que ser competente.

Park Geun-hye: cuando las instituciones sí cobran factura

Park Geun-hye ganó la presidencia de Corea del Sur con respaldo político importante y una marca familiar poderosa. Pero terminó destituida, procesada y condenada por corrupción y abuso de poder. Su sentencia fue reducida y después recibió un perdón presidencial, pero su caída mostró algo fundamental: cuando las instituciones funcionan, ni la popularidad ni el apellido alcanzan para quedar impune.  

Ese es el verdadero punto de una democracia sana: no que el gobernante sea perfecto, sino que pueda ser revisado, limitado y castigado si viola la ley.

La trampa del líder “intocable”

Los seguidores más fanáticos de cualquier gobierno suelen repetir la misma defensa:

“Pero el pueblo lo quiere.”

Sí. Puede ser.

Pero el pueblo también se equivoca. Las mayorías también pueden ser manipuladas. Las encuestas también pueden convertirse en escudo. Y un país no se gobierna con aplausómetros.

Un buen presidente no se mide solo por cuánta gente lo defiende, sino por lo que deja cuando se va:

  • ¿Dejó más seguridad?
  • ¿Dejó menos corrupción?
  • ¿Dejó mejor economía?
  • ¿Dejó instituciones más fuertes?
  • ¿Dejó justicia independiente?
  • ¿Dejó libertad para criticarlo?
  • ¿Dejó un país menos dividido?

Si la respuesta es no, entonces su popularidad fue ruido, no grandeza.

México debe aprender antes de pagar la factura

En México, el debate público se ha contaminado con fanatismo. Para algunos, criticar al presidente o a la presidenta es casi una traición. Para otros, todo lo que haga el gobierno está mal por definición.

Ambas posturas son pobres.

Un ciudadano serio no idolatra políticos. Los revisa. Los presiona. Les exige. Les recuerda que el poder no es propiedad privada.

AMLO pudo ser muy popular. Sheinbaum puede ser muy popular. Pero eso no cancela las preguntas sobre seguridad, salud, corrupción, economía, educación, transparencia, militarización, violencia y debilitamiento de contrapesos.

Porque al final, ningún país se salva por tener un líder querido. Se salva por tener instituciones fuertes.

Popularidad no es democracia

La democracia no consiste en aplaudir al poder. Consiste en limitarlo.

No consiste en creerle todo al gobernante. Consiste en poder cuestionarlo sin miedo.

No consiste en que un partido controle todo. Consiste en que existan contrapesos reales.

La historia lo ha demostrado demasiadas veces: cuando un líder se vuelve más importante que la ley, la ley termina arrodillada.

Y cuando la ley se arrodilla, el ciudadano común queda indefenso.

Conclusión: no se gobierna con popularidad, se gobierna con resultados

Popularidad no es honestidad.

Popularidad no es capacidad.

Popularidad no es justicia.

Popularidad no es buen gobierno.

Puede haber presidentes populares que gobiernan bien, claro que sí. Pero también ha habido líderes muy populares que terminaron presos, muertos, exiliados, derrocados o condenados por la historia.

Por eso México debe dejar de confundir emoción con evaluación.

A los presidentes no se les reza.

Se les exige.

Y si no cumplen, se les critica.

Porque el poder sin crítica se pudre. Y cuando se pudre desde arriba, el olor termina llegando a todo el país.

Esto no lo verás en otros medios. Suscríbete.